No caiga en la ‘red’ de la dependencia
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Dependemos demasiado de los demás y solemos estar atados al ‘qué dirán’ o a las condiciones y restricciones que imponen las apariencias y las tendencias ‘light’ de estos tiempos. Vivimos en medio de un mundo tan falso que, cada día que pasa, nuestra cotidianidad está sujeta con más fuerza a conceptos ajenos.

Y como nos olvidamos de ser libres, de manera precisa nuestras vidas se dejan llevar por necedades, orgullos y caprichos de personas que ni siquiera saben comportarse bien.

Nos parece más interesante ‘husmear’ las agendas de otros en las redes que mejorar las nuestras. Lo peor es que pretendemos imitar los estilos de gente distante a nuestro mundo y, en más de una ocasión, nos convertimos en simples remedos.

No caiga en la ‘red’ de la dependencia Somos nosotros quienes debemos nutrir nuestro ser, madurar y ser mejores personas. Toda clase de dependencia es esclavitud, tanto la económica, como la religiosa, la afectiva, la física y la emocional.

¡Deberíamos ser más cuidadosos con este asunto! No podemos dejar que otros nos digan cómo debemos ser.

Somos nosotros quienes debemos nutrir nuestro ser, madurar y ser mejores personas. Toda clase de dependencia es esclavitud, tanto la económica, como la religiosa, la afectiva, la física y la emocional.

La manía de conjugar el verbo depender en todo momento termina por atornillarnos y nos lanza a un vacío. No sé por qué nos amarramos tanto a lo que otros hacen. ¿Por qué insistir en imitar lo que no nos corresponde?

La felicidad brota de lo que llevamos por dentro, de los valores y de los principios y, sobre todo, de nuestra autonomía. El apego a lo material nos impide aceptar la realidad por encima de nuestra serenidad y la paz interior.

Tenemos la capacidad de dar y recibir y la libertad para encontrar soluciones reales a nuestros problemas. A veces todo esto obedece al miedo que ha surgido en nosotros y, por eso mismo, no logramos la apertura de nuestro ser.

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El miedo…

Nos da miedo terminar una relación tóxica por temor a quedarnos solos; nos da pavor renunciar a un trabajo tedioso por miedo a quedarnos sin el salario; no nos atrevemos a buscar otros horizontes por el pánico que nos da el construir uno lejos de nuestro terruño; nos aterra la idea de volver a comenzar por temor a fallar en el ‘reintento’.

Deberíamos ser más conscientes de nuestra autonomía e individualidad. Si edificamos una casa, con nuestras propias manos y con la certeza de que lo haremos bien, ella se mantendrá lo suficientemente firme.

Espantemos el miedo por todo y no dependamos tanto de cosas que jamás estarán a nuestro alcance.

Recordemos que el peligro se ve más grande a la distancia; pero muchas veces no es tan terrible cuando lo tenemos de cerca. Suele suceder que nos la pasamos esperando, sentados en una silla, que las cosas ocurran. Sin embargo, si nos paramos y actuamos cosas buenas suceden, la vida cambia y todo brilla a nuestro favor.

Dejar de depender de los demás implica una revisión interior y, desde esa misma inspección, nos corresponde asumir el reto de ser auténticos.

Si logramos hacer este ejercicio y hacemos un cambio de foco, dejaremos de seguir falsos ídolos.

Ojo: El hecho de depender nos hace estar presos, nos vuelve desconfiados e inseguros.

No caiga en la ‘red’ de la dependencia Somos nosotros quienes debemos nutrir nuestro ser, madurar y ser mejores personas. Toda clase de dependencia es esclavitud, tanto la económica, como la religiosa, la afectiva, la física y la emocional.

Y esa prisión es la que no nos deja ser felices; porque aunque estemos llenos de muchas cosas, no dejamos de vivir tras los barrotes de la dependencia.

La verdadera felicidad se encuentra fuera de esa prisión; está de manera paradójica en la libertad de no poseer nada, bueno no es tan literal como lo escribo, pero es algo parecido.

Si nos desapegamos nos convertimos en personas libres y, lo mejor, es que nos preparamos para mantener relaciones serenas y, sobre todo, para no vivir alienados. ¿Cómo hacerlo? Debemos estar tranquilos y ‘vivir el hoy’ por fuera de los apegos.

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Cuando elijamos estar con alguien no nos atemos ni seamos esclavos de esa persona: dejémosle tener sus espacios y respetemos sus decisiones; mejor dicho, la clave no está en agarrarse a esa relación, sino en soltarse.

Amémosla sin cadenas y con respeto a ella y a nosotros mismos. 

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