El silencio que rodea la muerte de Douglas Yamith Rodríguez Erazo pesa como una herida abierta. Ocho meses después de su asesinato, ocurrido el 2 de agosto de 2025, su familia sigue esperando respuestas. El clamor es uno solo: justicia.
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Un crimen sin culpables
Douglas, de 32 años, no tenía hijos. Estaba en proceso de rehabilitación por consumo de sustancias en una fundación del barrio Venecia (Tunjuelito), donde llevaba más de un año reconstruyendo su vida.
“Ya iba en un 80 % de su recuperación… estaba bien, estaba enfocado”, cuenta su hermana melliza, Nikhole Rodríguez. Y agrega que el vínculo familiar siempre fue fuerte: “Nosotros nunca lo dejamos solo… él siempre contó con nosotros”.

En medio de ese proceso, Douglas encontró nuevos caminos. Se acercó a la fe, empezó a asistir a la iglesia y soñaba con salir adelante. Vendía dulces mexicanos en la estación de TransMilenio de Centro Mayor y estudiaba barbería.
“Primero vendió sopas de letras en la calle y le iba bien. Luego tomó la decisión de vender dulces mexicanos. Estaba feliz… me mostraba todo: su paraguas, su mesa, su inversión. Yo le ayudé. Tenía mucha ilusión con su emprendimiento”, recuerda Nikhole. La última vez que lo vio con vida fue precisamente cuando lo apoyó para levantar ese pequeño negocio.
Pero esa esperanza se apagó en cuestión de segundos. Según el relato de la familia, la noche del crimen Douglas permaneció más tiempo de lo habitual en el lugar donde trabajaba.
“Se quedó tomando unas cervezas, algo que no hacía… siempre regresaba temprano a la fundación”, dice su hermana. En circunstancias aún confusas, un hombre se acercó y, sin mediar palabra, lo atacó con una puñalada directa al corazón.

“Fue una sola puñalada… cayó instantáneamente”, relata la doliente.
Douglas murió en brazos de un joven que intentó auxiliarlo. No hubo capturas ni claridad sobre lo ocurrido. La familia se enteró dos días después, cuando el encargado de la fundación vio la noticia en Q’Hubo y los llamó.
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Desde entonces, el proceso ha estado marcado por la incertidumbre. “No tenemos información, no sabemos nada”, afirma su hermana. Denuncia que no han podido acceder a videos clave ni ubicar posibles testigos. “TransMilenio no nos ha querido entregar los videos… el investigador no nos atiende, dice que tiene más casos”, agrega.
A esto se suma lo que consideran una estigmatización. “Dicen que fue por drogas, pero mi hermano estaba reconstruyendo su vida”, insiste. Para ella, esa versión no solo es injusta, sino que también frena la búsqueda de la verdad. “Si fuera así, no habría estado luchando por su negocio, por estudiar, por salir adelante”.
El impacto ha sido devastador. Su abuela, con quien Douglas tenía un vínculo muy cercano, se ha deteriorado gravemente. “Ella está esperando justicia. Mi hermano creaba videojuegos, era una persona muy inteligente”, dice con la voz quebrada.
En el funeral, recuerda, decenas de personas llegaron a despedirlo. “Era muy querido… solo tenía amor para dar”.
Hoy, la familia se niega a que el caso quede en el olvido. “Hacemos un llamado para que quien tenga información nos ayude”, expresó Nikhole. Su voz, cargada de dolor, se convierte en un clamor que va más allá de lo personal: “Mi hermano merece justicia, como todos la merecemos”.
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