Érika Fajardo Pineda, una emprendedora de 30 años, madre de un adolescente de 14, salió de Bosa en septiembre de 2024 en busca de un futuro mejor en Polonia. Hoy permanece hospitalizada tras una intoxicación por monóxido de carbono que le dejó graves secuelas neurológicas. Su familia libra una carrera contra el tiempo para traerla de regreso a Colombia y garantizarle una rehabilitación especializada.
La esperanza de Érika

En la madrugada del 10 de diciembre de 2025, en un apartamento cercano a Kępno, una falla en el sistema de calefacción a gas —con una rejilla de ventilación obstruida y sin alarma funcional— permitió la acumulación del gas. Érika y su compañero fueron hallados inconscientes; él falleció días después y ella sobrevivió, pero con una inflamación cerebral que afectó el globo pálido, zona relacionada con el movimiento y el habla.
“Cuando despertó no podía moverse ni hablar. Tenía los brazos tensionados, los puños cerrados. Los médicos decían que esos movimientos eran ‘patológicos’”, relata su hermano, Luis Alejandro Fajardo Pineda, quien viajó de inmediato.
Durante casi tres semanas Érika estuvo en coma inducido. Hoy entiende, reconoce a su familia y ha recuperado parte del habla, aunque con volumen bajo y dificultad para articular. “Como abrir la boca o articular las palabras le costaban porque el comando que le enviaba el cerebro no funcionaba. Ahora funciona casi completamente, pero es un reaprendizaje”.
El mayor obstáculo es la rehabilitación. “La doctora fue clara: ‘Después del mes hay que sacarla de la UCI porque hay muchas bacterias y lo que ella necesita es un proceso de rehabilitación’”, dijo el familiar. Sin embargo, el acceso a un centro especializado en Polonia ha sido negado por trabas administrativas y dudas sobre la financiación. “Nos dijeron: ‘Lo mejor es que te la lleves para Colombia. Aquí no la van a atender’”, agregó.

Alejandro insiste en que el tiempo es determinante. “Los médicos me dijeron: ‘No te puedo decir cuánto va a ser el tiempo de recuperación. Puede ser una semana, puede ser un mes, puede ser tres meses o tres años’”.
A esa incertidumbre se suma la angustia de ver pasar los días sin una terapia intensiva. “A finales de diciembre nos dijeron que debía iniciar rehabilitación con urgencia, pero han pasado casi dos meses sin traslado y siento que se me está yendo la oportunidad de que mi hermana recupere una vida natural”, dijo preocupado.
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El traslado médico, que debe hacerse en clase ejecutiva y con acompañamiento profesional, cuesta entre alrededor de 15 mil dólares (57 millones de pesos) si se gestiona por cuenta propia; con agencia supera los 20.000 (76 millones de pesos). La familia ha recaudado parte, pero aún faltan recursos. “Cada día que pasa sin rehabilitación de calidad es una oportunidad que se pierde. No podemos esperar más”, afirma.
Las donaciones se reciben a través de Vaki (puede escanear el QR) y transferencias a Nequi o Daviplata al 3142335846. “Ella merece una oportunidad de recuperar su vida con dignidad, en su país y rodeada de los suyos”, concluye su hermano.
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