Luz Ángela, una joven de 19 años, estudiante de Tecnología en Ingeniería Topográfica de la Universidad Distrital y bailarina desde hace cuatro años, aún carga con el impacto de la noche en la que estuvo a punto de morir. Fue atacada por delincuentes en medio de un hurto a pocos metros de su casa, en el barrio Carlos Albán (Bosa).
Vil ataque a Ángela
Dice que vio pasar una motocicleta, pero no sospechó. “Yo venía con muchas cosas en la mente”, recuerda. Segundos después, la sujetaron de la capucha. El forcejeo fue violento y confuso. “No me acuerdo de muchas cosas… cuando vi las cámaras fue un choque emocional muy fuerte”, relata. En medio del ataque, los agresores la apuñalaron; cuatro heridas quedaron marcadas en su cuerpo: dos en el muslo derecho, una en la rodilla izquierda y otra en la mano.
Le arrebataron el celular, la cédula y el dinero. Intentaron quitarle la maleta, pero no lo lograron. Su vida cambió en segundos, aunque la escena pudo ser peor: dos jóvenes que pasaban por el lugar comenzaron a gritar, reacción que espantó a los atacantes. “Ellos me salvaron”, dice sin dudar. Fueron ellos quienes la auxiliaron y la llevaron hasta la puerta de su casa.
Calvario por atención
Pero la angustia apenas comenzaba. Mientras la joven sangraba, vecinos y niños intentaban conseguir ayuda, pero las ambulancias nunca llegaron. Una patrulla de Policía pasó por el lugar, pero, según denuncia la familia, no la trasladó ni activó un apoyo inmediato. Fue su padre quien, en medio del desespero, decidió llevarla en su vehículo, pero la camioneta se varó a las tres cuadras.

La escena se volvió desesperante. Su hermana detuvo un carro en la vía y el conductor accedió a llevarlas de urgencia a un hospital en Bosa. “Siento que gracias a ese señor sigo viva”, afirma Luz Ángela. Llegó consciente pero debilitada, y asegura que la atención fue lenta; mientras perdía fuerzas, le pedían datos administrativos.
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“¡Por favor, atiéndanla!”, insistía su hermana. Aun así, relatan que la prioridad no fue inmediata e incluso denuncian que la hermana fue retirada del área por personal de seguridad. En el proceso, tampoco había insumos básicos: “No tenían tijeras para cortarle el pantalón”, cuenta. Las heridas más graves, una de ellas de cerca de 12 centímetros, empezaron a ser tratadas minutos después.
Secuelas y abandono
Luz Ángela no se desmayó, pero recuerda que todo se volvió borroso: náuseas, mareo y debilidad. Permaneció hospitalizada hasta el día siguiente, pero al salir enfrentó otro obstáculo: no recibió incapacidad médica ni medicamentos por problemas con su afiliación a salud. Tampoco tiene claridad sobre su recuperación. “No tengo citas, no sé cómo están mis heridas”, lamenta.

El caso ya fue denunciado ante la Fiscalía. Con ayuda de su familia y líderes comunitarios, han recopilado videos que evidenciarían que los mismos agresores estarían cometiendo robos bajo la misma modalidad en la zona.
Hoy, Luz Ángela habla con miedo pero con determinación. “Gracias a Dios estoy viva y quiero ser una voz”, afirma. Su historia no solo deja en evidencia la inseguridad en las calles de Bogotá, sino también las grietas de un sistema de salud que no respondió cuando más lo necesitaba.
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